José María García García,
Graduado en Geografía e Historia
La recensión que aquí se va a tratar tiene de nuevo como protagonista al Cardenal Cisneros, pero esta vez, no se trata de una amplia biografía como las que se vienen publicando en esta plataforma sino que más bien consiste en una pequeña monografía, que encontramos en el número 532 de la revista “Temas Españoles”, una colección de folletos de extensión corta (en este caso no sobrepasa las 90 páginas) publicada entre 1952 y 1978, es decir, durante el período postbélico español, por lo que, desde el punto de vista historiográfico, al igual que ocurre con otras muchas cuestiones, se hace necesario un ejercicio de matización.
Si tuviéramos que reducir a la mínima expresión o adjetivación Cisneros: un gran español, la palabra exacta sería cercano. Es una obra muy cercana, redactada con un sinfín de anécdotas y detalles sobre la vida del Cardenal que hacen de esta obra una lectura muy amena y agradable. A este factor de excelente redacción sumamos la complementación bibliográfica que puede apreciarse al final de la obra, si bien puede servir de contraste con otras monografías que historiográficamente son más actuales, como por ejemplo la ya presentada anteriormente del historiador Joseph Pérez (publicada en 2014) y que puede arrojar mucha más luz sobre los avatares acontecidos en la época.
Sin ánimo de ser exhaustivo y, alentando a la lectura de la semblanza biográfica, podemos sacar unos aspectos claves en la vida de este humilde fraile. Nació en el seno de una familia humilde, algo que siempre le tuvo preocupado pues acarreó la hacienda doméstica hasta el fallecimiento de sus padres. Aun así no le faltó tiempo para viajar y cultivarse, como lo demuestran sus recorridos a Alcalá, Salamanca y Roma, en donde se empapó de las humanidades, el latín, y cada vez fue acercándose más su predilección hacia el sacerdocio, al mismo tiempo que iba percatándose de las virtudes y defectos que a su alrededor coexistían. Tomaría nota de ello.
Con el paso del tiempo, Cisneros pudo granjearse amistades por su excelente comportamiento y cumplimiento de sus quehaceres, aunque ello también supondría el recelo de otros importantes cargos institucionales. Por ejemplo, fue encarcelado por el Arzobispo Carrillo el que años más tarde acabaría siendo el confesor de la reina Isabel la Católica, un cargo del que en cierto modo rehusaba y, esto constituye otros de los aspectos claves para entender la personalidad de Cisneros. No quería cargos. No aceptaba cargos importantes, pero los “grandes” de su época le recomendaban para ejercerlos. Esta negativa a ejercer cargos importantes estaba ligada a su humilde religiosidad. Él sabía que la ostentación de un cargo importante era un factor unido a la riqueza y, en este sentido, el fraile no quería atentar contra sus votos. No obstante, el autor señala que Cisneros pronto se daría cuenta de que para llevar a cabo las reformas que quería y, sobretodo, para poder mandar y volver hacia la rectitud a muchos de sus coetáneos debía ostentar un poder superior a ellos. De este modo, se haría reformador, Arzobispo de Toledo, inquisidor, fundaría la Universidad de Alcalá y sería impulsor de la Biblia Políglota Complutense, e incluso ocuparía en dos ocasiones la regencia del reino.
Como diría el autor, Cisneros fue un hombre a ratos político, a ratos militar, a ratos mecenas, muchos años arzobispo, muchos años fraile…etc. En relación con lo anterior, Cisneros jugó un papel muy importante como religioso y como político, siempre creyendo que esos dos pilares constituían el caldo de cultivo necesario para el mantenimiento de la unidad de la corona, la unidad territorial. Y además teniendo en cuenta todo lo que en un futuro no muy lejano, le vendría a Carlos I de España y V de Alemania. Aun así, el autor subraya su carácter inconformista, que incluso en los momentos anteriores a su muerte creía que podía haber hecho más. Ello explica la admiración de muchos por él, como vamos a presentar en el siguiente epitafio que pone fin a esta reseña:
Quiso Dios, en quien espero,
que un pobre fraile tan flaco
vistiese púrpura y saco,
armas, bonete y sombrero.
Y por la gracia celestial
tan levantado me vi,
que fraile y soldado fui,
y arzobispo y cardenal.
Y aunque humilde en profesión,
a España asombro causé,
cuando dos veces reiné
con mi cogulla y cordón.
armas, bonete y sombrero.
Y por la gracia celestial
tan levantado me vi,
que fraile y soldado fui,
y arzobispo y cardenal.
Y aunque humilde en profesión,
a España asombro causé,
cuando dos veces reiné
con mi cogulla y cordón.








