LOS RUMORES DE UNA CONSPIRACIÓN
Manuel Fernández Espinosa
Mucho se especuló sobre las causas de la muerte del Cardenal Cisneros. En unos anales manuscritos del siglo XVIII, todavía inéditos, que escribiera en 1778 el padre fray Juan Lendínez (nacido en Torredonjimeno y Guardián del Convento de San Francisco de Martos), podemos leer:
"Llegó al fin a España el Rey D. Carlos (...) hallando los ánimos de sus vasallos, en punto, quasi de rompimiento, no tanto por los disgustos pasados, como por la codicia de sus Ministros; temiéndose se tomasen estos más mano con la muerte del Cardenal de España D. Fr. Francisco Ximenez de Cisneros. Ocasionó su muerte una trucha embenenada (sic), o una carta entosigada que rezibió (sic) de Flandes; a tiempo que caminaba a rezevir (sic) al Príncipe. De cualquiera parte pudo venir el daño, porque el celo con que supo este Prelado, desarmar la malicia de los españoles y flamencos; le traxo el odio de muchos; y el temor de que hablase con el Soberano pudo inducir a este delito en los unos y los otros" (del manuscrito original e inédito "Augusta Gemela Ylustrada...", pág. 357)
Uno de sus biógrafos del siglo XIX, Carlos Navarro y Rodrigo, comenta que en la aldea de Boceguillas, "suponen algunos que fue envenenado durante la comida, si bien nosotros creemos que no hay fundamento bastante para creer lo que la tradición cuenta".
No obstante, Navarro y Rodrigo sí que comenta que, en efecto, tras esa comida el Cardenal se sintió indispuesto y que Francisco Carrillo que le había servido a Cisneros aquel yantar, como era su costumbre, también había probado aquel manjar y esto le acarreó molestias de salud. Se habla incluso de un misterioso caballero enmascarado que les salió al paso a unos frailes y les instó a que se dieran prisa para llegar a Boceguillas y advertir al Cardenal que no probara la trucha, pues se la daban emponzoñada.
Cuando aquellos religiosos comunicaron a Cisneros aquel extraño aviso, el Cardenal dijo con calma castellana:
-Si esta desdicha me ha ocurrido, no es ciertamente de hoy.
Y parece, según cuentan, que Cisneros les contó a seguido que cierta carta que había recibido de Flandes, unos días antes, había emanado un sospechoso vapor (podemos suponer que tal vez, en todo caso, fuese polvo) de ella cuando la abrió y que éste polvo (¿venenoso?) le entró por los ojos.
Algunas obras biográficas son en concreto las fuentes de este rumor que estaría por refutar científicamente. El origen de esta legendaria conspiración es el humanista Alvar Gómez de Castro (1515-1580), también conocido como "El Eulaliense", al que se le encomendó concluir la biografía que había comenzado el secretario Juan de Vergara a instancias de la Universidad Complutense; Gómez de Castro se nutrió para dar cima a esa obra de los rumores que cundían solapadamente en Alcalá de Henares, plasmándolos en "De rebus gestis a Francisco Ximeno Cisnerio", Alcalá, 1569. Más tarde, mediando el siglo XVII, el franciscano fray Pedro de Aranda Quintanilla y Mendoza (en su "Archetypo de virtudes, espexo de prelados el venerable padre y sieruo de Dios F. Francisco Ximenez de Cisneros", Palermo, 1653) recogería lo transmitido por Gómez de Castro. Ambos dan a entender que la muerte de Cisneros fue provocada, culpando a los flamencos como instigadores del magnicidio y hallando en el secretario de Cisneros, Jorge de Varacaldo, a la mano que ejecutó la perversa maquinación. Como vemos, el rumor del envenenamiento también llegó al siglo XVIII, como muestra el pasaje que hemos extraído de los anales del franciscano de Torredonjimeno. En el siglo XIX los biógrafos ya se muestran mucho más escépticos con la hipótesis de la deliberada intoxicación mortífera de Cisneros: "...nosotros creemos que no hay fundamento bastante para creer lo que la tradición cuenta" -dice Navarro y Rodrigo.
No obstante, razones no parecían faltar. La ausencia del Rey había traído como consecuencia una crisis interior, puesto que los amigos flamencos de Carlos habían acaparado mucho poder en detrimento de la aristocracia castellana que veía como intrusos a los extranjeros y se agitaba contra ellos: todo esto eclosionaría más tarde en el conflicto comunero. El tramo final de su vida lo pasó el viejo Cardenal Cisneros en la difícil tesitura de mantener el equilibrio entre unos y otros, a la espera de la llegada del monarca, custodiando el Trono con lealtad inquebrantable.
Sin embargo, esta teoría de la conspiración para envenenar al incómodo Cardenal Cisneros es descartada por Joseph Pérez que comenta:
"Se conoce que los flamencos veían con mucha aprensión una reunión [de Carlos] con el cardenal; tenían miedo a la ascendencia que este pudiera ejercer sobre el joven soberano cuando tuviera contacto directo con él; por eso, retrasaron esta posibilidad manteniendo a Carlos en el norte de España tanto como pudieron."
Es muy probable que los flamencos estuvieran al tanto de la gravedad del enfermo y decidieran entretener a Carlos, para que el Cardenal expirara y el monarca no pudiera encontrarse al final con el Cardenal.
Lo que es incuestionable es que Cisneros tenía enemigos tanto entre los ambiciosos flamencos como entre cierto partido nobiliario de españoles descontentos. En su lecho de muerte, mientras encomendaba su alma a Dios y la Universidad por él fundada a su Rey y Señor, el que había sido Regente de España y Cardenal de la Santa Iglesia, sin dejar de ser humilde fraile pudo declarar que no había tenido nunca más enemigos que los enemigos del Estado y del bien público.
¿Fue envenenado? Los biógrafos más solventes, como Joseph Pérez, lo descartan: "La tesis del veneno -escribe Pérez-
parece muy poco verosímil, y esto por un motivo determinante: si Cisneros
hubiera tomado el veneno el 12 de agosto, ¿cómo explicar que muriera
casi tres meses después?"
Sin embargo, el rumor existió entre los vecinos de Alcalá de Henares que eran sus deudores por tanto bien como les hizo y que lloraron como pocos su muerte. Y también entre los franciscanos (Quintanilla y Lendínez eran frailes franciscanos) se mantiene. Nunca sabremos ciertamente si hubo alguna mano negra que acelerara la muerte de Cisneros por la vía tan criminal como cobarde de suministrarle veneno en la comida o en las misivas, todo parece apuntar a que podemos descartarlo y todo así queda en conjeturas. Pero lo que está claro es que la muerte de Cisneros la celebraron todos los canallas, extranjeros o nacionales, que ambicionaban el poder para sus intereses privados y mezquinos.
Celebraron el fallecimiento de Cisneros los oligarcas y los magnates a los que tanto estorbó en sus intrigas, afanosos de poder y riquezas. Y fue el pueblo el que lloró su muerte: no hay mejor epitafio a una vida dedicada a Dios, a España y al bien público.
